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El cantar de Claudia

enero 26, 2010

 Excelente crónica publicada en la revista Soho, sobre los rezagos de la guerra contra el narcotráfico.

 
Por: ALBERTO SALCEDO RAMOS. FOTOGRAFÍA: CAMILO ROZO.

A sus once años, Claudia Ocampo tiene claro que si no fuera porque a su padre lo despedazó una bomba, ella jamás habría conocido a su ídolo, el cantante Juanes.

El encuentro ocurrió en diciembre de 2006, en Cocorná, un pueblo encajonado entre montañas, a ochenta kilómetros de Medellín. Un año atrás, Juanes había creado la Fundación Mi Sangre, para ayudar a las víctimas de las minas antipersonales en Colombia. Su propósito al visitar el oriente de Antioquia, la zona del país más afectada por el problema, era llevarles regalos a los damnificados.

Cuando los presentaron —recuerda Claudia— él le dio un beso amable en la frente pero enseguida se desentendió de ella, tal vez porque había demasiadas personas acosándolo para retratarse a su lado y conseguir su autógrafo. Sin embargo —agrega, vanidosa— a los pocos minutos, cuando ella empezó a tocar su guitarra y a entonar los únicos versos que ha compuesto hasta ahora, él dejó de hacer lo que estaba haciendo en ese momento, para dedicarle toda su atención. Y no solo la oyó, concentrado, sino que además le pidió repetir la canción para él grabarla en su teléfono celular.

Claudia es una niña frágil, de nariz fileña y ojos vivaces. Lleva una blusa rosada ajustada al torso y una falda de ruedo ancho, también rosada, que ciñe su cintura de junco y deja al descubierto sus muslos escuálidos. Su largo cabello castaño, sujetado con ganchos en las sienes, está recogido en una cola de caballo amarrada con un lazo morado. Calza unas zapatillas blancas gastadas en las puntas que, en conjunto con el resto de su atuendo, le confieren el semblante de una Cenicienta sin Hada Madrina y sin Nochebuena. Todo a su alrededor testimonia miseria: el piso roñoso, las paredes descoloridas, la litografía del papa Juan Pablo II ensartada en un clavo oxidado; la angosta cama de hierro que domina la sala, la cual sirve indistintamente como dormitorio de los residentes y como sofá de los visitantes. Claudia —temperamento efusivo, gracia natural— lejos de ensombrecerse en este entorno tan calamitoso, pareciera fulgurar en él, especialmente cuando toca la guitarra, como ahora. La canción que tararea es la misma que le cantó a Juanes:

Bienvenidos, bienvenidos

Vamos todos a cantar

Este tema de las minas,

De las minas quiebrapatas

No lo entiendo, no lo entiendo

Me lo tienen que explicar

El 22 de diciembre de 2002, Claudia y sus padres, Samuel Antonio Ocampo y Carmen Julia Gallego, regresaban a su casa, en la vereda Campo Alegre, a bordo de una de esas camionetas desvencijadas que se utilizan en los caseríos remotos del oriente de Antioquia para transportar los víveres. Se habían pasado el día en Cocorná comprando los aguinaldos de sus cinco hijas. Durante el viaje de vuelta, al final de la tarde, venían planeando la cena navideña. Los esposos proponían cerdo asado, y Claudia, que apenas contaba seis años, prefería arroz de gallina. De pronto, al subir una cuesta empinada, el conductor dio la voz de alarma: acababan de vararse. Los pasajeros se apearon para empujar el carro a pulso, pero el motor no respondió. Todos decidieron entonces quedarse allí, a la espera de que llegara algún vehículo y los sacara del apuro. La zona —advertía uno de los lugareños— estaba plagada de minas explosivas sembradas por la guerrilla. El chofer los alertó de nuevo: era posible que solo a la mañana siguiente apareciera otra camioneta por esos parajes. Samuel Antonio y Carmen Julia se impacientaron. Tenían a cuatro de sus niñas en el rancho —repetían una y otra vez— y por ninguna razón permitirían que durmieran solas. De modo que se irían a pie. Varios paisanos trataron, en vano, de disuadirlos.

Desde el principio acordaron no caminar el uno al lado del otro, sino en fila india, como los burros. El hombre encabezaba la marcha, seguido por su mujer y, más atrás, por su hija. Aunque nadie lo comentó en ese momento, lo que se pretendía con tal disposición era proteger a la niña. En caso de una explosión, los dos adultos le servirían de escudo. Carmen Julia sugirió pisar en los puntos donde hubiera huellas humanas, ya que así disminuiría el riesgo de tropezar con una bomba. Samuel Antonio acató la recomendación, pero aseguró que no les sería útil durante mucho tiempo: dentro de pocos minutos, cuando anocheciera, resultaría imposible distinguir rastros de gente o de animales en el sendero. Avanzaron, tal vez, medio kilómetro bajo un crepúsculo anaranjado. De repente, una descarga que pareció surgir desde el fondo de la tierra los arrojó por el aire. Todavía hoy, Carmen Julia ignora cuánto tiempo duró inconsciente. Solo sabe que, cuando abrió de nuevo los ojos, el cielo se había encapotado y ella se sintió como la única sobreviviente de una catástrofe. Sin embargo, en la medida en que recuperaba plenamente el conocimiento, pensaba que también ella moriría. Le dolía la cabeza, le ardía el vientre. Palpando su propio cuerpo con espanto, descubrió, a través de su vestido hecho jirones, la masa de arena y sangre que le ensopaba los senos. Por un instante se preguntó quién era ella, de dónde venía, por qué andaba a gatas sobre aquellos rastrojos que le lastimaban las rodillas. Necesitó varios segundos para que sus oídos, aturdidos aún por el estampido, percibieran el llanto desgarrado de Claudia, que se encontraba, quizá, a unos cinco metros de distancia. De un solo golpe se le reveló, completo, el tamaño de su desgracia: su marido yacía en el suelo, destrozado. Entonces, Carmen Julia vio cómo la noche le caía encima y —según dice ahora, mientras zurce una enagua— desde ese día su vida se volvió oscura. Está sentada en la estrecha cama de la sala, vestida con un riguroso traje negro.

—En el abdomen tengo una esquirla que nunca pudieron sacarme —dice, con la mirada enterrada en el piso—. La niña tiene un nudo en la rodilla izquierda y una cicatriz en el bracito derecho.

En principio, lo que más impresiona de Carmen Julia Gallego es que, a sus cincuenta años, tenga la espalda encorvada, el cuello arrugado y las piernas llenas de várices. En realidad no parece la madre sino la abuela de Claudia. Camina con la parsimonia de las ancianas, y ostenta el aspecto fantasmal de esas viudas anticuadas que renuncian al mundo exterior, para encerrarse a solas con su luto perpetuo. Ciertamente —admite— el dolor sigue fresco, como si la tragedia hubiera ocurrido apenas ayer. Pero aclara que no solo se ha aislado por tristeza, sino también por falta de opciones. Al morir el marido, se quedó sin ingresos y, de paso, perdió el rancho con todos sus arreos. Fue desterrada cruelmente de su patria chica, la vereda en la cual ella y sus hijas habían vivido siempre, el sitio donde estaban sepultados los restos de su padre, el único lugar del mundo que conocía. Ni siquiera le ofrecieron la oportunidad de llevarse una colcha que les sirviera a las niñas como techo bajo el sol y como abrigo bajo el frío. Deambuló por diferentes pueblos, recorrió distintos albergues de caridad, se enfermó de las arterias, pidió limosna en las calles. Las personas que le expresaban sus condolencias en público se negaban, en privado, a emplearla como doméstica, pues en el fondo desconfiaban de ella, debido a que procedía de una zona influenciada por la guerrilla. A mediados de 2005 se mudó a las afueras de Cocorná, con su madre y sus dos hijas menores. Las mayores —informa— se enamoraron en el camino, durante la peregrinación, y se fueron quedando con sus maridos.

Actualmente pasa las horas cortando leña que nadie le compra, remendando vestidos que nunca se pone y tratando de olvidar las penas. La indemnización que le dio el Estado por la muerte de su esposo y por las lesiones de Claudia —12 millones de pesos, unos 6.000 dólares— se le ha ido en gastos, ya que le tocó volver a comprar los bártulos de la casa. Todas las noches —dice, con los ojos llorosos— le pide a Dios que le dé salud para terminar de levantar a las dos muchachitas que permanecen a su cargo.

En este punto, Claudia, que ha estado escuchando la conversación, le arroja a su madre el único salvavidas que tiene a la mano.

—No se preocupe, mami, que si usted se muere, yo vendo la guitarra y monto una tienda.

Te esperaré en el Munich

enero 15, 2010

Si aquel noctámbulo limeño que sentado un viernes por la noche en el Bar Munich quisiera saber un poco de la historia enigmática de aquel lugar nacido en los años sesenta, tendría simplemente que levantarse de su asiento y preguntar a los hombres que sentados frente a él le entregan con su música la compañía más sincera que pueda haber para un corazón bohemio. Tendría que mirar directamente a los ojos de Mario Castro y Arturo Arroyo (Bareta) para entregarse por entero a una leyenda llena de tabaco, romance, política y alcohol. Y luego Don Mario invitaría a Enrique Acosta, a quien considera su padre, para rematar por fin la historia que se escapó del diario de algún cronista limeño que pudo haber muerto sin fama ni gloria. Podrían contarle por ejemplo que alguna vez aquel piano bar que abrió sus puertas en 1961 en un sótano del 1044 del Jirón de la Unión, nació de la idea de un suizo llamado Hans (de posible apellido Freutze) y su esposa alemana Helga Schrors quienes se asociaron con otro alemán cuyo rastro fue perdido de pronto. Podrían decir también que el negocio ha pasado por 4 distintos propietarios, y que músicos de trayectoria pero de perfil bajo desfilaron por ese mismo lugar deleitando con sus sonidos a jóvenes y viejos. 

Desde que Enrique Acosta, el empleado más antiguo del Munich, entró a trabajar al bar muchas cosas han cambiado, ya el piano principal traído exclusivamente de Alemania fue sacado y reemplazado por otro un poco más moderno; unos asientos más cómodos sustituyeron a los barriles de cerveza acostumbrados, y las canciones dejaron de ser hermosos valses europeos para sonar a ritmos más latinos, pero igual la fiesta sigue: “Aquella puerta tan angosta de la entrada siempre ha permanecido así ¿y que con eso? Pues que todos los muebles fueron construidos dentro del bar. Pronto comenzó a ser visitado por las personalidades más reconocidas y yo pude trabajar y jubilarme en ese mismo lugar en 1998, luego de 37 años”, dice Acosta. Fue en el año 78 cuando él conoció a un joven ansioso de tocar ahí (Don Mario) y lo acogió como si fuera su hijo. Ambos cuentan que Helga pasó a tomar posesión del bar luego del fallecimiento algo trágico de su acompañante: al parecer él era un ex soldado nacionalsocialista a quien un cazador de nazis, le venía siguiendo los pasos, y al no soportar la presión desesperante que genera la persecución decidió terminar con su vida. “Es una historia que muchos aseguraron como cierta pero que nunca fue esclarecida del todo”, dice Don Mario. El hombre que todos los fines de semana empieza a tocar ‘Caballo viejo’ con un cigarro encendido en sus labios llegó a ser director de la orquesta de la escolta presidencial de Alan García e ingresó al Conservatorio Nacional de Música en primer lugar, aunque no pudo estudiar porque su nivel era muy elevado como para optar por la carrera de Armonía y Composición. Le recomendaron seguir estudios en el extranjero o Dirección Musical, pero mientras lo pensaba ya había perdido la opción. “Me dediqué a los contratos esporádicos y bueno tu sabes como es la vida de los músicos tan  tormentosa como apasionante”.

Enrique Acosta (izquierda) acogió a Mario Castro como si fuese su hijo.

Mientras Acosta recuerda la larga lista de personalidades que ha visto pasar por el Munich entre las que se encuentran Luis Alberto Sánchez, Gabriel García Márquez, así como distintos políticos y periodistas, y Don Mario asegura que Abimael Guzmán gustaba de disfrutar de largas veladas nocturnas acompañado de una serie de jóvenes, comienza a aparecer la larga lista de músicos que tocaron en este escenario desde su nacimiento: Primero fue el estupendo pianista Freddy Ochoa, invidente de nacimiento, excelente bebedor y mujeriego empedernido que aprendió muy bien los valses que le enseñaba desde el violín el austriaco Bartra. Luego vendría el pianista chileno Humberto Fuente Acevedo quien luego de 15 años partió a Quito. Prosiguió la llegada del chalaco José Flores Arnao, él al igual que Fuente trabajaba en solitario. Hasta que con el ingreso de Don Mario llegaría luego su fiel acompañante y mejor percusionista Arturo Arroyo. Aquel hombre de mirada seria y apodado ‘Bareta’ por su singular gorrita parecida a la del detective, tuvo una formación privilegiada cuando desde muy joven decidió viajar a Centroamérica a aprender los secretos mejor guardados de los maestros de la percusión, costarricenses, portorriqueños y cubanos. Luego de Arroyo vino también a acompañar las noches limeñas, Wilman Saravia, en los días de semana reservados para los solitarios y enamorados.

Bastara escuchar en la actualidad lo bien que suenan las canciones románticas de Alejandro Sanz en manos de estos soneros. Pocos conocen que son profesores de música de gran calibre y que no cobran montos excesivos por unas cuantas horas de clase. No los conoce casi nadie fuera del bar por no contar con un marketing adecuado pero si alguna vez se les ocurriese apartarse de este lugar muchos reclamarían y hasta podría ser el final de aquella novela escrita con acordes y buenos recuerdos.

Santo Tomás de Pata ya no puede olvidar

enero 15, 2010

“Tendría que haberme imaginado ser un turista que ve todo como desde afuera y siente solo un poco de estupor por lo que sus ojos están presenciando, y quizá así ya hubiera olvidado todo hasta hoy. Pero cómo combatir el recuerdo si lo que has visto es a tus amigos y algunos familiares con las extremidades destrozadas, en el fondo de un barranco y sus cuerpos aun dando pequeños saltos, las últimas convulsiones que te dicen que las personas que tanto quisiste ya no están ahí y que ahora solo hay masas sin forma llenas de sangre y tierra”.

Edgar Saldaña Paredes quiere pensar que son estas las palabras exactas que recuerda por las noches al ver entre sus sueños el rostro de su padre Crisóstomo pronunciándolas. Las ha acomodado al modo de expresión capitalina que ganó con los años, pero el corazón que las hilvana y se estremece sigue siendo serrano. Aquella fue la segunda vez que su padre se salvó de morir, los terroristas lo utilizaron como guía para ir hacia otro pueblo y lo dejaron vivir solo a él, a la tercera ya no tuvo suerte y fue en el mismo Santo Tomás de Pata, pequeño poblado del departamento de Huancavelica que sufrió el azote del terrorismo en la década del ochenta y noventa, donde le dieron muerte. Ahora, junto a Edgar un grupo de hombres de la misma localidad quieren borrar la imagen de sus desgracias, pero a la vez las necesitan para luchar por la causa de sus vidas, que es la de todas aquellas víctimas del terrorismo que no han recibido una reparación individual pese a haber sido afectados directos del terror. Estos seis hombres, convertidos en la representación de muchos campesinos que llegaron a Lima escapando de la barbarie terrorista y militar asentándose en los barrios más pobres de los conos, trabajan juntos en el colegio Nivel A de Chacarilla realizando diferente tipo de labores y solo pocos se imaginan qué es lo que están sintiendo cuando de recordar a la familia se trata.

Saben que existe una forma de ser indemnizados, pero no saben como hacerlo.

Y como sucede en sus casos, existen muchas personas que no están incluidas en los registros oficiales de muertos y desaparecidos. La contabilidad que ellos llevan de los muertos en Santo Tomás de Pata es de 180, pero hasta el momento solo se ha realizado el reconocimiento de los cuerpos de las víctimas del 1 de noviembre donde hubo 38, los demás continúan aún sin saberse donde permanecen enterrados. Mientras tanto cada uno vive de sus recuerdos, tristes e imborrables, de los que sacan sus propias conclusiones.

Ciro Dueñas Pariona, por ejemplo, sabe que desaparecido es igual a muerto, su padre, Víctor Dueñas fue llevado por ‘las fuerzas del orden’ junto a otros dos comuneros (Antonio Pariona y Clemente Huaypa) para ser interrogados cuando estaban pastando ganado a las 4:00 p.m. Ángel Ponce Pariona supo que estaban asesinando a su madre Fernandina Pariona, en el cementerio, el fatídico 01 de noviembre de 1991, mientras que él esquivaba las balas intentando inútilmente avanzar para salvar a su progenitora. Valerio Poma Marcas, vio morir a su cuñado Adriano Valenzuela la misma fecha y sigue tras las pistas de otros de sus familiares desaparecidos. Jorge Laime Pariona escuchó y vio de cerca el rostro de la muerte cuando asesinaron a su padre, a su madre y a su hermanita de menos de un año. “Mi padre corrió por la chacra sabiendo que en casa mataban a su familia, quiso salvar su vida pero le dispararon desde lejos. Yo no estaba en casa en ese momento y vi todo desde un cerro”, dice Jorge. Desde ese momento sin nada más que perder, mas que su propia vida, Jorge decidió organizar las rondas, y haciéndose de fusiles Máuser alemanes que les otorgaban en otros poblados, se organizaron para repeler a las huestes del camarada Feliciano a quien recuerdan claramente. Pablo Saldaña Paredes, hermano de Edgar estaba en Lima y se unió al grupo luego al saber de la muerte de su progenitor.   

La fecha que más ha sido recordada, en especial por la CVR, es aquella del 01 de noviembre de 1991 cuando se realizó la matanza de los 38 comuneros entre hombres, mujeres y niños. En esa oportunidad los terroristas esperaron a que la base militar, que había sido colocada en la zona, se retirara debido a que el conflicto con Ecuador obligaba al ejército a entrar en una etapa de austeridad en la sierra peruana.

“Ahora estás tranquilito porque te está cuidando tu papá, pero espérate que se vaya y vas a sufrir. Te voy a matar, soplón”, le dijeron a más de un comunero mediante mensajes amenazadores que les dejaron con los niños del pueblo. “Fue muy diferente a otras veces. Antes, cuando los terroristas llegaban teníamos tiempo de escapar corriendo por las laderas e incluso bajar por algunos barrancos peligrosos aledaños al pueblo, si teníamos suerte nos hacían formar para amedrentarnos y hacernos cantar. Pero en esta oportunidad, en cambio, ellos estaban preparados y muy molestos. Cincuenta hombres fueron colocados en cada punto de escape y a uno por uno nos fueron cazando como a animales”, comenta Jorge Laime.

Actualmente esos hombres esperan por alguna respuesta, saben que lo mucho que podrían lograr, si es que reciben el apoyo necesario, es la compensación por una injusticia a la que hasta el momento, por más que lo intentan, no han logrado encontrar un ápice de razón que la justifique. Sin estudios, sin desarrollo natural por haber quedado huérfanos desde muy pequeños, muchos de ellos esperan solo un incentivo para salir adelante; seguir viviendo, con resignación, es cierto, pero tratando de permanecer, lejos de rencor alguno.

Las niñas mujer del norte

enero 14, 2010

Frente al mar de Talara, muy cerca del puerto, un agente de Migraciones me indica con su índice la altura aproximada en el mar en la que son recogidos por los coyotes, los inmigrantes ilegales que llegan a este país, el Perú acogedor de todos los extranjeros. “Desde ahí los llevan en caletas como estas (asienta con el índice) hacia las playas más desprotegidas de seguridad y de ahí, cada uno a su trabajo o a lo que hayan venido”, me dice. Luego, recuerdo que una noche anterior, yo andaba caminando por las calles de la calurosa ciudad de Talara Baja; donde el alcohol, el calor y la música se funden para dar paso a esa mescolanza de nacionalidades que sabe albergar el norte. Algunos buques han llegado esa semana y algunos chinos y filipinos, si tienen la suerte de no ser objeto de las redadas de los policías en sus hoteles, rondan la plaza y se van muy de tarde a Talara Alta.

Aquí comienza la noche. Copas van y vienen, mis acompañantes me dicen que hay unas ‘chibolas’ muy buenas, ¡nuevitas mano!, que las han traído recién de la selva y otras de Ecuador. Los chinos cargan suficiente dinero para hacer la velada, prueban por primera vez la cerveza y la chicha peruana. Ellos viven la noche de un pueblo del cuál tenían cero recuerdos y ciento por ciento de incertidumbre. Les traen de a dos las botellas, son muy generosos los asiáticos y es claro que pueden sentir, como la mayoría de limeños, la excitación de aquel lugar exóticos, con niñas mujeres que acompañan bien, que acompañan mejor que en el Callao o el Cono Norte de Lima. Pero también entran polacos, rusos, holandeses, y toda la mixtura humana que puede traer consigo el comercio legal e ilegal.

Las chicas los miran, ya es hora de laburar. Ellas han pasado ya el tiempo suficiente ahí para saber que a eso es a lo que han venido, era el paso siguiente, que de barrer los puchos y vidrios rotos en el piso del local había que traspasar la cortina debajo del ‘privado’ y asfixiarse en ese hedor concupiscente y humo de cigarro. A muchas no les bastó siquiera un mes y ahora todas bailan animadas la cumbia y se ensordecen con risas guturales de gargantas acostumbradas a amanecer con cebada helada. “¿Qué quieres tomar, mi amor?”, pregunta uno que sabe cómo es el negocio pero parece no conocer que todas han recibido la orden de tomar lo más caro y así, conversación tras conversación, ellas proponen más trago para sus nuevos amigos.

Son muy jóvenes y hasta se dan sus aires de indiferencia como mujeres de más nivel. ¡Todavía te arañas puta de m…! Entonces salta la pus.

Aquí se parte la noche y aquí comienza la historia, la de siempre, esa en la que no hay glamour en vaivenes de riqueza y pobreza, sino simplemente eso, la única miseria existente de aquella condición peruana. Cuánto les costará sonreír y en otros casos darse su lugar, si no hay motivo que valga ni derecho que reclamar, si la vida se ha encargado de cruzarlas con hombres de doble moral en el día y en la noche, si da lo mismo estar allá sin hacer nada o trabajando acá, si ya se sufrió bastante como para aguantar un poquito más.

“El otro día llamé a mi amigo policía y vinieron a sacar a un montón de chiquillas que trabajan allá, en uno que le dicen ‘las sirenas’”, porque ya era el colmo hermano jovencitas que deberían estar estudiando, pero no te miento que regresé ahí y encontré a varias otra vez en el mismo lugar”, me dice un amigo en una tarde calurosa de verano talareño, pero también me dice que una vez una joven ecuatoriana le contó la historia de su vida “triste, hombre”, y ahora el solo toma en la plaza porque prefiere divertirse a estar haciendo de misionero o paño de lágrimas.

El norte como lo deben ser muchas partes de este país, es un paraíso en el que habitan pequeños infiernos imperecederos: “El Peñón”, “La Patita” son solo algunos nombres.

Paso del muelle a la solitaria playa de Lobitos, hermoso lugar que parece haber sido devastado por un bombardeo. Luego tenemos que esperar a que no nos caiga la noche antes de conseguir carro de regreso a Talara. Al llegar somos una masa pegajosa de sudor y arena y no se puede ver a esa hora de la noche, como sí en al mañana, todo el desorden que impera en el puerto. Las luces dan un aura extranjero a este lugar. Mi acompañante me indica con su índice (como ya es su costumbre) todos los lugares en donde se puede comer sabroso, me cuenta las cosas que le invitan los inmigrantes que bajan de los buques, y se anima a pronunciar en un inglés horrendo las palabras que aprendió gracias a su ‘profesión’, me comenta que en Paita puedo recibir mucha información respecto a los visitantes de nuestro país, cómo son, en qué trabajan, pero al final de la noche desisto de seguir con el tema. Mi rollo es el de la noche anterior, historia en la que pensaré de regreso al sur, en 18 horas de viaje hacia la rutinaria y frívola capital.

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