Las niñas mujer del norte
Frente al mar de Talara, muy cerca del puerto, un agente de Migraciones me indica con su índice la altura aproximada en el mar en la que son recogidos por los coyotes, los inmigrantes ilegales que llegan a este país, el Perú acogedor de todos los extranjeros. “Desde ahí los llevan en caletas como estas (asienta con el índice) hacia las playas más desprotegidas de seguridad y de ahí, cada uno a su trabajo o a lo que hayan venido”, me dice. Luego, recuerdo que una noche anterior, yo andaba caminando por las calles de la calurosa ciudad de Talara Baja; donde el alcohol, el calor y la música se funden para dar paso a esa mescolanza de nacionalidades que sabe albergar el norte. Algunos buques han llegado esa semana y algunos chinos y filipinos, si tienen la suerte de no ser objeto de las redadas de los policías en sus hoteles, rondan la plaza y se van muy de tarde a Talara Alta.
Aquí comienza la noche. Copas van y vienen, mis acompañantes me dicen que hay unas ‘chibolas’ muy buenas, ¡nuevitas mano!, que las han traído recién de la selva y otras de Ecuador. Los chinos cargan suficiente dinero para hacer la velada, prueban por primera vez la cerveza y la chicha peruana. Ellos viven la noche de un pueblo del cuál tenían cero recuerdos y ciento por ciento de incertidumbre. Les traen de a dos las botellas, son muy generosos los asiáticos y es claro que pueden sentir, como la mayoría de limeños, la excitación de aquel lugar exóticos, con niñas mujeres que acompañan bien, que acompañan mejor que en el Callao o el Cono Norte de Lima. Pero también entran polacos, rusos, holandeses, y toda la mixtura humana que puede traer consigo el comercio legal e ilegal.
Las chicas los miran, ya es hora de laburar. Ellas han pasado ya el tiempo suficiente ahí para saber que a eso es a lo que han venido, era el paso siguiente, que de barrer los puchos y vidrios rotos en el piso del local había que traspasar la cortina debajo del ‘privado’ y asfixiarse en ese hedor concupiscente y humo de cigarro. A muchas no les bastó siquiera un mes y ahora todas bailan animadas la cumbia y se ensordecen con risas guturales de gargantas acostumbradas a amanecer con cebada helada. “¿Qué quieres tomar, mi amor?”, pregunta uno que sabe cómo es el negocio pero parece no conocer que todas han recibido la orden de tomar lo más caro y así, conversación tras conversación, ellas proponen más trago para sus nuevos amigos.
Son muy jóvenes y hasta se dan sus aires de indiferencia como mujeres de más nivel. ¡Todavía te arañas puta de m…! Entonces salta la pus.
Aquí se parte la noche y aquí comienza la historia, la de siempre, esa en la que no hay glamour en vaivenes de riqueza y pobreza, sino simplemente eso, la única miseria existente de aquella condición peruana. Cuánto les costará sonreír y en otros casos darse su lugar, si no hay motivo que valga ni derecho que reclamar, si la vida se ha encargado de cruzarlas con hombres de doble moral en el día y en la noche, si da lo mismo estar allá sin hacer nada o trabajando acá, si ya se sufrió bastante como para aguantar un poquito más.
“El otro día llamé a mi amigo policía y vinieron a sacar a un montón de chiquillas que trabajan allá, en uno que le dicen ‘las sirenas’”, porque ya era el colmo hermano jovencitas que deberían estar estudiando, pero no te miento que regresé ahí y encontré a varias otra vez en el mismo lugar”, me dice un amigo en una tarde calurosa de verano talareño, pero también me dice que una vez una joven ecuatoriana le contó la historia de su vida “triste, hombre”, y ahora el solo toma en la plaza porque prefiere divertirse a estar haciendo de misionero o paño de lágrimas.
El norte como lo deben ser muchas partes de este país, es un paraíso en el que habitan pequeños infiernos imperecederos: “El Peñón”, “La Patita” son solo algunos nombres.
Paso del muelle a la solitaria playa de Lobitos, hermoso lugar que parece haber sido devastado por un bombardeo. Luego tenemos que esperar a que no nos caiga la noche antes de conseguir carro de regreso a Talara. Al llegar somos una masa pegajosa de sudor y arena y no se puede ver a esa hora de la noche, como sí en al mañana, todo el desorden que impera en el puerto. Las luces dan un aura extranjero a este lugar. Mi acompañante me indica con su índice (como ya es su costumbre) todos los lugares en donde se puede comer sabroso, me cuenta las cosas que le invitan los inmigrantes que bajan de los buques, y se anima a pronunciar en un inglés horrendo las palabras que aprendió gracias a su ‘profesión’, me comenta que en Paita puedo recibir mucha información respecto a los visitantes de nuestro país, cómo son, en qué trabajan, pero al final de la noche desisto de seguir con el tema. Mi rollo es el de la noche anterior, historia en la que pensaré de regreso al sur, en 18 horas de viaje hacia la rutinaria y frívola capital.