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Santo Tomás de Pata ya no puede olvidar

enero 15, 2010

“Tendría que haberme imaginado ser un turista que ve todo como desde afuera y siente solo un poco de estupor por lo que sus ojos están presenciando, y quizá así ya hubiera olvidado todo hasta hoy. Pero cómo combatir el recuerdo si lo que has visto es a tus amigos y algunos familiares con las extremidades destrozadas, en el fondo de un barranco y sus cuerpos aun dando pequeños saltos, las últimas convulsiones que te dicen que las personas que tanto quisiste ya no están ahí y que ahora solo hay masas sin forma llenas de sangre y tierra”.

Edgar Saldaña Paredes quiere pensar que son estas las palabras exactas que recuerda por las noches al ver entre sus sueños el rostro de su padre Crisóstomo pronunciándolas. Las ha acomodado al modo de expresión capitalina que ganó con los años, pero el corazón que las hilvana y se estremece sigue siendo serrano. Aquella fue la segunda vez que su padre se salvó de morir, los terroristas lo utilizaron como guía para ir hacia otro pueblo y lo dejaron vivir solo a él, a la tercera ya no tuvo suerte y fue en el mismo Santo Tomás de Pata, pequeño poblado del departamento de Huancavelica que sufrió el azote del terrorismo en la década del ochenta y noventa, donde le dieron muerte. Ahora, junto a Edgar un grupo de hombres de la misma localidad quieren borrar la imagen de sus desgracias, pero a la vez las necesitan para luchar por la causa de sus vidas, que es la de todas aquellas víctimas del terrorismo que no han recibido una reparación individual pese a haber sido afectados directos del terror. Estos seis hombres, convertidos en la representación de muchos campesinos que llegaron a Lima escapando de la barbarie terrorista y militar asentándose en los barrios más pobres de los conos, trabajan juntos en el colegio Nivel A de Chacarilla realizando diferente tipo de labores y solo pocos se imaginan qué es lo que están sintiendo cuando de recordar a la familia se trata.

Saben que existe una forma de ser indemnizados, pero no saben como hacerlo.

Y como sucede en sus casos, existen muchas personas que no están incluidas en los registros oficiales de muertos y desaparecidos. La contabilidad que ellos llevan de los muertos en Santo Tomás de Pata es de 180, pero hasta el momento solo se ha realizado el reconocimiento de los cuerpos de las víctimas del 1 de noviembre donde hubo 38, los demás continúan aún sin saberse donde permanecen enterrados. Mientras tanto cada uno vive de sus recuerdos, tristes e imborrables, de los que sacan sus propias conclusiones.

Ciro Dueñas Pariona, por ejemplo, sabe que desaparecido es igual a muerto, su padre, Víctor Dueñas fue llevado por ‘las fuerzas del orden’ junto a otros dos comuneros (Antonio Pariona y Clemente Huaypa) para ser interrogados cuando estaban pastando ganado a las 4:00 p.m. Ángel Ponce Pariona supo que estaban asesinando a su madre Fernandina Pariona, en el cementerio, el fatídico 01 de noviembre de 1991, mientras que él esquivaba las balas intentando inútilmente avanzar para salvar a su progenitora. Valerio Poma Marcas, vio morir a su cuñado Adriano Valenzuela la misma fecha y sigue tras las pistas de otros de sus familiares desaparecidos. Jorge Laime Pariona escuchó y vio de cerca el rostro de la muerte cuando asesinaron a su padre, a su madre y a su hermanita de menos de un año. “Mi padre corrió por la chacra sabiendo que en casa mataban a su familia, quiso salvar su vida pero le dispararon desde lejos. Yo no estaba en casa en ese momento y vi todo desde un cerro”, dice Jorge. Desde ese momento sin nada más que perder, mas que su propia vida, Jorge decidió organizar las rondas, y haciéndose de fusiles Máuser alemanes que les otorgaban en otros poblados, se organizaron para repeler a las huestes del camarada Feliciano a quien recuerdan claramente. Pablo Saldaña Paredes, hermano de Edgar estaba en Lima y se unió al grupo luego al saber de la muerte de su progenitor.   

La fecha que más ha sido recordada, en especial por la CVR, es aquella del 01 de noviembre de 1991 cuando se realizó la matanza de los 38 comuneros entre hombres, mujeres y niños. En esa oportunidad los terroristas esperaron a que la base militar, que había sido colocada en la zona, se retirara debido a que el conflicto con Ecuador obligaba al ejército a entrar en una etapa de austeridad en la sierra peruana.

“Ahora estás tranquilito porque te está cuidando tu papá, pero espérate que se vaya y vas a sufrir. Te voy a matar, soplón”, le dijeron a más de un comunero mediante mensajes amenazadores que les dejaron con los niños del pueblo. “Fue muy diferente a otras veces. Antes, cuando los terroristas llegaban teníamos tiempo de escapar corriendo por las laderas e incluso bajar por algunos barrancos peligrosos aledaños al pueblo, si teníamos suerte nos hacían formar para amedrentarnos y hacernos cantar. Pero en esta oportunidad, en cambio, ellos estaban preparados y muy molestos. Cincuenta hombres fueron colocados en cada punto de escape y a uno por uno nos fueron cazando como a animales”, comenta Jorge Laime.

Actualmente esos hombres esperan por alguna respuesta, saben que lo mucho que podrían lograr, si es que reciben el apoyo necesario, es la compensación por una injusticia a la que hasta el momento, por más que lo intentan, no han logrado encontrar un ápice de razón que la justifique. Sin estudios, sin desarrollo natural por haber quedado huérfanos desde muy pequeños, muchos de ellos esperan solo un incentivo para salir adelante; seguir viviendo, con resignación, es cierto, pero tratando de permanecer, lejos de rencor alguno.

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  1. Pablo Vargas Guerra Enlace permanente
    mayo 14, 2011 4:35 am

    ASi, es hermanos mios pero cuando la poblaciòn golpeada comienzaron a organizarse contra abusibos delencuentes llamados terrorristas, por fin lograrón la pacificación con un minimo apoyo de parte del gobierno peruano, pero lo mas valorable es el sacreficio de los comuneros llamados comité de auto defensa, gracias a ellos.

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