Te esperaré en el Munich
Si aquel noctámbulo limeño que sentado un viernes por la noche en el Bar Munich quisiera saber un poco de la historia enigmática de aquel lugar nacido en los años sesenta, tendría simplemente que levantarse de su asiento y preguntar a los hombres que sentados frente a él le entregan con su música la compañía más sincera que pueda haber para un corazón bohemio. Tendría que mirar directamente a los ojos de Mario Castro y Arturo Arroyo (Bareta) para entregarse por entero a una leyenda llena de tabaco, romance, política y alcohol. Y luego Don Mario invitaría a Enrique Acosta, a quien considera su padre, para rematar por fin la historia que se escapó del diario de algún cronista limeño que pudo haber muerto sin fama ni gloria. Podrían contarle por ejemplo que alguna vez aquel piano bar que abrió sus puertas en 1961 en un sótano del 1044 del Jirón de la Unión, nació de la idea de un suizo llamado Hans (de posible apellido Freutze) y su esposa alemana Helga Schrors quienes se asociaron con otro alemán cuyo rastro fue perdido de pronto. Podrían decir también que el negocio ha pasado por 4 distintos propietarios, y que músicos de trayectoria pero de perfil bajo desfilaron por ese mismo lugar deleitando con sus sonidos a jóvenes y viejos.
Desde que Enrique Acosta, el empleado más antiguo del Munich, entró a trabajar al bar muchas cosas han cambiado, ya el piano principal traído exclusivamente de Alemania fue sacado y reemplazado por otro un poco más moderno; unos asientos más cómodos sustituyeron a los barriles de cerveza acostumbrados, y las canciones dejaron de ser hermosos valses europeos para sonar a ritmos más latinos, pero igual la fiesta sigue: “Aquella puerta tan angosta de la entrada siempre ha permanecido así ¿y que con eso? Pues que todos los muebles fueron construidos dentro del bar. Pronto comenzó a ser visitado por las personalidades más reconocidas y yo pude trabajar y jubilarme en ese mismo lugar en 1998, luego de 37 años”, dice Acosta. Fue en el año 78 cuando él conoció a un joven ansioso de tocar ahí (Don Mario) y lo acogió como si fuera su hijo. Ambos cuentan que Helga pasó a tomar posesión del bar luego del fallecimiento algo trágico de su acompañante: al parecer él era un ex soldado nacionalsocialista a quien un cazador de nazis, le venía siguiendo los pasos, y al no soportar la presión desesperante que genera la persecución decidió terminar con su vida. “Es una historia que muchos aseguraron como cierta pero que nunca fue esclarecida del todo”, dice Don Mario. El hombre que todos los fines de semana empieza a tocar ‘Caballo viejo’ con un cigarro encendido en sus labios llegó a ser director de la orquesta de la escolta presidencial de Alan García e ingresó al Conservatorio Nacional de Música en primer lugar, aunque no pudo estudiar porque su nivel era muy elevado como para optar por la carrera de Armonía y Composición. Le recomendaron seguir estudios en el extranjero o Dirección Musical, pero mientras lo pensaba ya había perdido la opción. “Me dediqué a los contratos esporádicos y bueno tu sabes como es la vida de los músicos tan tormentosa como apasionante”.
Mientras Acosta recuerda la larga lista de personalidades que ha visto pasar por el Munich entre las que se encuentran Luis Alberto Sánchez, Gabriel García Márquez, así como distintos políticos y periodistas, y Don Mario asegura que Abimael Guzmán gustaba de disfrutar de largas veladas nocturnas acompañado de una serie de jóvenes, comienza a aparecer la larga lista de músicos que tocaron en este escenario desde su nacimiento: Primero fue el estupendo pianista Freddy Ochoa, invidente de nacimiento, excelente bebedor y mujeriego empedernido que aprendió muy bien los valses que le enseñaba desde el violín el austriaco Bartra. Luego vendría el pianista chileno Humberto Fuente Acevedo quien luego de 15 años partió a Quito. Prosiguió la llegada del chalaco José Flores Arnao, él al igual que Fuente trabajaba en solitario. Hasta que con el ingreso de Don Mario llegaría luego su fiel acompañante y mejor percusionista Arturo Arroyo. Aquel hombre de mirada seria y apodado ‘Bareta’ por su singular gorrita parecida a la del detective, tuvo una formación privilegiada cuando desde muy joven decidió viajar a Centroamérica a aprender los secretos mejor guardados de los maestros de la percusión, costarricenses, portorriqueños y cubanos. Luego de Arroyo vino también a acompañar las noches limeñas, Wilman Saravia, en los días de semana reservados para los solitarios y enamorados.
Bastara escuchar en la actualidad lo bien que suenan las canciones románticas de Alejandro Sanz en manos de estos soneros. Pocos conocen que son profesores de música de gran calibre y que no cobran montos excesivos por unas cuantas horas de clase. No los conoce casi nadie fuera del bar por no contar con un marketing adecuado pero si alguna vez se les ocurriese apartarse de este lugar muchos reclamarían y hasta podría ser el final de aquella novela escrita con acordes y buenos recuerdos.


Interesante artículo. Cualquier día iré a tomar unas cervezas y ver a ese tío con cara de pocos amigos, Bareta.